viernes, 17 de agosto de 2012

La muerte en directo

Hace un par de días tuve que acudir a las urgencias del hospital con un familiar. No era nada grave, mi familiar se encontraba bien, pero al conocer los resultados de una analítica realizada, su médico decidió que precisaba una transfusión urgente y que no podíamos esperar a realizarla al día siguiente,


Las transfusiones deben hacerse muy lentamente, por lo que sabíamos que entre los preparativos, la realización de las pruebas cruzadas y la transfusión teníamos para seis horas de tratamiento.

Nos ingresaron en una de las camas de observación y a esperar.


En está situación volví a descubrir lo lento que transcurre el tiempo, iniciabas una conversación sobre un tema, le dabas mil vueltas, la terminabas, mirabas el reloj y veías que apenas habían transcurrido 5 minutos.

Ya sólo quedan 5 horas y media…


En esta zona de urgencias, sobre la intimidad de cada uno, debe prevalecer un control estricto de los pacientes por lo que las habitaciones están dispuestas alrededor del control de enfermería y con la pared acristalada para que la enfermera pueda controlar a todos los pacientes. Junto a la puerta de cada habitación y orientado hacia el control está colocado el monitor que marca la frecuencia cardíaca, la respiratoria, las pulsaciones, presión arterial… de cada paciente.


Al poco tiempo, quizá por tener algo de conocimiento del tema, me chocó uno de los monitores que tenía enfrente, y que reflejaba las constantes de una persona mayor que estaba allí ingresada. Su ritmo cardíaco y respiratorio era cualquier cosa menos constante, de repente veías como su frecuencia respiratoria iba disminuyendo hasta casi dar una línea recta de no respiración. A los pocos segundos se recuperaba, junto a una aceleración del pulso hasta las 140 pulsaciones.

Mal plan para esta persona pensé. Ya no quedan más que 5 horas…

En este momento nos ingresaron en la cama una chica que iba sola en el coche y había sufrido un accidente de tráfico. Estaba bien, solamente había tenido un latigazo cervical y la ingresaban para observación. En urgencias está prohibido utilizar el móvil, pero en estos casos siempre se da algo de manga ancha para que pueda avisar a la familia.

Comenzó a avisar a sus familiares del accidente. En el silencio de la sala se escuchaba perfectamente su conversación, únicamente salpicada por la alarma del monitor del anciano cuando dejaba de respirar.

Y aquí es donde entra mi odio a los móviles. Cuando una persona se pone a hablar por ellos olvida toda su intimidad, le da igual que todo el mundo escuche su conversación, parecía que nos lo estaba contando a todos los que estábamos allí.

Aunque yo seguía de charla con mi familiar, la conversación por el móvil se superponía todo lo demás. Sin querer nos enteramos de que ella iba circulando, se despistó y no se enteró de que el coche de adelante redujo su velocidad con lo que ella le embistió por detrás. También contaba como después del accidente, ya atendida en el hospital había acudido la policía a recoger los datos del accidente, y que le habían comunicado que le ponían una multa de 100 euros por no respetar la distancia de seguridad.

Mientras tanto, los familiares del anciano estaban constantemente entrando y saliendo de visitarlo, y cada vez discusión con la enfermera:

- Les recuerdo otra vez que solamente puede haber una persona con el enfermo, cada vez que entran lo hacen ustedes de tres en tres y molestan al resto de los pacientes.

- Señorita, no sea así, que el abuelo se está muriendo, que le queda muy poco, que ya nos han dicho que no pasa de esta noche. Tenga usted caridad…

Ya están todas las pruebas hechas y por fin nos ponen la primera bolsa de sangre. Ya solo quedan 4 horas.




Mientras tanto, la chica del móvil seguía como si estuviera en el salón de su casa, llamada tras llamada hasta que de repente dijo:

- Te cuelgo que me estoy quedando sin batería.

Menos mal, pensé yo, le ha dado tiempo a avisar a por lo menos diez personas y ya dejaremos de oír conversaciones que nos incumben. Pero mi gozo en un pozo:

- Enfermera por favor, ¿Me puede enchufar el cargador del móvil?. Es que me estoy quedando sin batería y no he avisado aún a todos.

Y se lo enchufó.

- Señorita, señorita, corra que el abuelo no respira...



- ¡Ya está ya respira otra vez.!

Yo seguía de charla con mi familiar, el campo, la caza, los nietos…Y ahora viene la parte que no entenderé nunca, sin comerlo ni beberlo, ni interesarme lo más mínimo y sin poder hacer nada para evitarlo me entero de la vida de la chica de al lado.

“Has visto que temporada más mala llevo, que mala suerte, estoy recién separada, se me acaba el paro, andaba muy mal de pasta y ahora encima me ponen esos 100 euros de multa y me quedo sin coche porque no voy a tener dinero para arreglarlo. ¿Qué voy a hacer yo ahora? No tengo dinero ni para coger un autobús que me lleve a casa cuando me den el alta.”

Ya casi han pasado otras dos horas y la primera bolsa de sangre está a punto de acabarse. Aviso a la enfermera para que prepare la segunda. Son ya las 11 y media de la noche y ya solo quedan otras 2 horas

Viene la enfermera y se pone a preparar para cambiar la bolsa cuando nuevamente comienza a sonar la alarma del monitor. Rápidamente deja lo que está haciendo y se va a ver al anciano. A mi se me va la vista al monitor y veo que esta vez la alarma no es por la respiración, es por la frecuencia cardiaca que marca una línea recta.




Le ausculta, le toma el pulso, le hacen un electrocardiograma y comunican a los familiares que ha fallecido.

Lloros, gritos…¡Qué se ha muerto el abuelo! ¡Que está muerto!

Hasta ahora no he dicho, porque no tenía ninguna relevancia, que el anciano era de raza gitana. Ahora si creo que tiene relevancia porque todos sabemos la gran expresividad que tienen estas personas ante todos los temas familiares, y aún más en las desgracias. Dos personas sentadas en el suelo llorando y gritando ¿Por qué?¿Por qué?. Que no, que no esta muerto que aún esta caliente…

En este momento, la auxiliar, con muy buen criterio, nos cerró las cortinas al resto de pacientes para que no pudiéramos ver lo que no era de nuestra incumbencia.

A partir de aquí solamente tenemos la “banda sonora” de una desgracia. Pasos precipitados de varias personas por el pasillo, gritos de ¡Abuelo!, ¡Abuelo!¡Que desgracia más grande…!

Al cabo de media hora el personal consigue organizar la situación y vuelve con nosotros para poner la bolsa de sangre. A la chica de la cama de al lado parece que ya le ha hecho efecto la medicación y se ha quedado dormida. Son la 12 y diez y nos siguen quedando 2 horas.

La tranquilidad vuelve a la sala, y afectados por la situación vivida la conversación con mi familiar se apaga. Lo miro y veo que se ha dormido así que aprovecho para salir a tomar un poco el aire.

En el aparcamiento me encuentro con dos grupos de una 15 personas separadas por unos 20 metros, hablándose a gritos.

¡Que ahora tenemos que entrar nosotros! ¡Si no salís ya entro y os saco por lo pelos, que mi madre también tiene ver a su padre…!

Lo que faltaba para completar la noche. Parece que como ocurre en muchas familias los hijos no se hablaban entre ellos y no querían entrar juntos a despedirse del fallecido.

Mejor me voy otra vez adentro. Miro hacia otra dirección y en medio del jardín veo un grupo de 4 conejos que sin miedo e indiferentes a todo el follón estaban mordisqueando el césped, por fin algo agradable.



Esta bolsa de sangre ha entrado con más rapidez que la anterior, son las dos menos cuarto, le retiran la vía y le dicen que si quiere estar hasta la mañana siguiente para controlarle. Les digo que ya que le controlaré yo y que nos vamos rápidamente, que pasen buena noche, que nos han tratado estupendamente, que muchas gracias por todo y que esperaba no volver a verlas en mucho tiempo.

Dos y cuarto de la madrugada, me meto en la cama y pienso que esta experiencia hay que contarla. Quizá para las personas que viven las urgencias día a día esta sería una noche más, pero para los que no estamos acostumbrados es algo que deja huella.



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